El hiperrealismo de Antonio López apenas necesita explicación. Sus cuadros hablan por sí solos. No hace falta ser un experto en pintura para admirar la realidad y la exactitud del detalle que plasman sus lienzos o apreciar el virtuosismo de su técnica. Ahí radica su universalidad. El pintor de la Gran Vía es un genio a todas luces.  Uno de los grandes de la pintura contemporánea. Por eso no es de extrañar que el Rey le encargase el retrato de familia. Ese mismo que apareció al fondo de su taller en una ilustrativa publicada en nuestro volumen  Antonio López. Pintura y escultura y por el que tantos medios nos preguntaron en su día. Sí, lo hemos visto. Pero hasta ahí podemos leer.

LA OPINIÓN DE UNA EXPERTA

Pero volvamos a su pintura para detenernos en un aspecto curioso de su técnica del poco se ha hablado. Y es que no todo es lo que parece. ¿A qué nos referimos? Os dejamos con este interesante artículo publicado por Isabel Rodríguez Sancho, profesora titular de Procedimientos y técnicas pictóricas de la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Madrid, en el que desvela estos secretos: 

Chinchetas, collage, clavos, papel celo y otros elementos en la pintura de Antonio López

La pintura de Antonio López es conocida por el gran público por su faceta realista y por algunas curiosidades como sus madrugones para pintar la luz siempre en la misma franja horaria (la Gran Vía es el ejemplo más conocido) o por los procesos de congelación y descongelación a los que sometía a sus modelos, pollos y conejos, durante la realización de sus bodegones (en obras como: Conejo desollado o Bodegón con pollo). 

Si preguntamos sobre su técnica pictórica, la respuesta es rápida: óleo sobre lienzo o tabla. Sin embargo, un observador avezado aprecia que tal aseveración es un indicador potente pero incompleto del resultado creativo del artista. 

Si observamos con más profundidad sus cuadros, detrás de las capas de pintura tan exquisitamente aplicadas, encontramos otros elementos integrados con la obra que no son pintura, pero que otorgan un toque personal y único a su trabajo: marcas y registros compositivos, normalmente a lápiz, (en Ventana grande 1972-1973, Nueva nevera 1991-1994, Membrillero, etc.); textos y cuentas (como la división 46´4:, a la derecha del cuadro Nevera nueva); clavos de unión entre tablas (en Madrid desde las torres blancas 1974-1982, y en Madrid desde la torre de  bomberos de Vallecas, 1990-2006.); huellas de dedos y manos, pelos, virutas (en el contrachapado de Cielo de Madrid Sur, 1965-1985); chinchetas (en Perfil y frente para Hombre tumbado, Francisco, 2009 o en Emilio y Angelines, 1965-1972), collage con recortes de revistas (como el filete de La Cena), trozos de cinta de carrocero o papel celo (en la cabeza y hombro de Mari en Mari y Antonio, por ejemplo, o en el horizonte de Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas, 1990-2006), etc.

Estos elementos producen asombro y alguna que otra controversia en el crítico purista. Bajo nuestro punto de vista, son altamente valiosos ya que  dejan constancia del proceso pictórico, sereno, honesto, atemporal y siempre sorprendente de Antonio López.

TF y Antonio López siempre han tenido una relación muy cercana. El pintor siempre ha confiado en el equipo de TF Editores y TF Artes Gráficas para sus grandes publicaciones. Es todo un honor que un artista tan meticuloso y exhaustivo con la reproducción de su trabajo confíe plenamente en nosotros. Fruto de esta relación son los dos volúmenes Antonio López. Dibujos y Antonio López. Pintura y escultura así como la aplicación para tablets que recogía el material de estos dos volúmenes.



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